Soltando riendas
Cabalgando la vida Dejarse llevar por un caballo
Cabalgata de luna llena por la costa oceánica. Cabalgata… luna llena… costa oceánica. Sin duda alguna, programa más que prometedor para los amantes de la naturaleza y los caballos. Y para casi todos las demás personas, también.
En esta aventura que empezaba antes de empezar, cuando distintas personas, en distintos lugares, le decían sí a la vida y empezaban a aprontar sus cosas para el momento de partir. A la cabalgata. A la luna llena. A la costa oceánica. ¡Vaya destino!
Cada uno, a su modo, se iba preparando. Los fanáticos ya habían tomado hace tiempo la decisión de hacer la cabalgata, ya sabían de memoria las cosas que tenían que llevar. Sí, por eso de la experiencia. Ya habían comprobado que “es mejor llevar un catre que un colchón inflable, porque llegás muy cansado de cabalgar todo el día y no tenés ni ganas ni energía de andar inflando un colchón”. Y algunos, incluían en “la mochila” hasta su propio caballo.
Otros, personas con espíritu aventurero, ¿por qué no?, se tentaron cuando se enteraron que podían sumarse a esta actividad que escapaba a la de un normal fin de semana. Éstos seguramente leían con gran concentración la lista de cosas a llevar, se informaban de la cantidad de kilómetros a recorrer, y llamaban a las organizadoras para confirmar si tal protector solar sería suficiente ó si la espalda resiste mejor a un catre ó a un colchón inflable.
Y como siempre, están las personas de último momento. Las que llaman a ver si queda un lugar cuando ya está todo el “caballo vendido”. Las que necesitan de una mano amiga que las impulse cuando no hay motivaciones que las saquen de sus cuatro paredes. Las que en el fondo, bien en el fondo, sospechan que sí, que la vida está llena de sorpresas, que sólo hay que animarse. Que no hay que pensar tanto. Que hay que dejarse llevar… En este caso, por un caballo.
Todos, como si fueran niños en su primer día de clases, revisaban su lista de materiales. Los artículos personales que cada jinete tendría que llevar incluían: equipo de agua para la lluvia; plato, cubierto y vaso; una mochila, un bolso y un sobre de dormir (más ese consejo de “no exagerar con la indumentaria”); repelente; traje de baño; cantimplora; sombrero; protector solar; linterna y relajante muscular. Este último parecía ser el más importante, estaba acompañado de tres signos de exclamación.
Y todos, en algún lugar, también llevaban sus expectativas frente a lo desconocido. ¿“Es un lugar para el levante?”, preguntó alguien antes de partir.
De fogón en fogón…se oyen las voces
Un fogón en el campo, en una noche de luna y estrellas, era el lugar pactado para el primer encuentro. El círculo humano se iba formando alrededor del calor y la luz que desprendía el fuego. De algún modo, ya se empezaban a palpar las ganas que estas personas tenían de dejar atrás su vida en la ciudad. Mientras se conocían, tímidamente al principio, estos individuos ya empezaban a formar un todo. Espontáneamente formaban un coro que acompañaba a un cantor folclórico. Ya se reconocían. Los hechos hablaban por sí solos, el estar ahí los unía.
Llegó el momento de que cada uno se presentara, y además respondiera a una pregunta: “¿a qué viniste?”. Esta sencilla interrogante, en esa noche mágica (¿qué noche, si uno la observa, no es mágica en el campo?), sin proponérselo, hacía que todos meditaran antes de contestar. Sólo había que escuchar las respuestas: “No soy muy del campo, pero vengo a compartir con mi hijo…”;…vengo a conocer personas…”; “vengo porque me gustan los caballos y la naturaleza”; “porque va a estar bueno”, “a disfrutar de la vida”…
Vamos a andar
Luego de la primer noche en carpa, donde aparentemente muy pocos durmieron, llegaba uno de los momentos más importantes de la cabalgata. Un momento determinante. Conocer a tu caballo. Detalle muy importante, teniendo en cuenta que uno estaba ahí, pronto para cabalgar durante tres días, con la ilusión de dejarse llevar. Y disfrutar. En la vida, para vivirla a pleno, hay que rodearse de la gente que a uno le hace bien. En este caso, del caballo que nos permita andar…a nuestro ritmo.
Había quienes elegían su caballo de inmediato, con gran seguridad. Había quienes dudaban y necesitaban la aprobación de los organizadores. Otros, más pasivos, dejaban que eligieran por ellos. Todo este proceso, que bien puede ser descrito como un ritual, con infinitos simbolismos y diálogos entre las personas y los animales, llegó a su fin cuando largó la cabalgata. La adrenalina circulaba con alevosía por los rostros y el cuerpo de todos. De los ahora jinetes, de las organizadoras y los vaqueanos que las ayudaban. Hasta de un perro. Y, por supuesto, de los caballos también, ellos también empezaban una aventura.
Para algunos jinetes, por suerte, hubo una segunda oportunidad. Si no habían tenido buena “piel” con su caballo, podían cambiarlo por otro (con cuidado de no herirle los sentimientos, claro).
Luego de disfrutar del primer almuerzo y de un necesitado reposo bajo alguna sombra, los jinetes, ya todos con experiencia, estaban prontos para seguir andando (algunos se unían a la cabalgata en este momento). Todavía nadie percibía el dolor corporal que se estaba gestando sin prisa y sin pausa en los inadvertidos cuerpos. Pero por suerte, las organizadoras habían puesto a los relajantes musculares como ítems más que importantes.
Andando
La vida social de las personas dependía, en parte, del andar de los caballos. Ellos, según su ritmo, su recorrido, y a veces, también su antojo, manipulaban los encuentros entre los jinetes. Ellos creaban siluetas en ese paisaje natural que a su vez creaban amistades en ese entorno social. De repente un caballo aceleraba el paso y se acercaba a otro caballo, provocando un acercamiento también, entre los jinetes. En otros momentos, los caballos irrumpían en un grupo, y el jinete pedía disculpas por algún posible empujón y así nacía otro grupo, dentro del grupo, que empezaba a confraternizar. A comunicar. Los caballos también buscaban sus momentos de soledad, y los jinetes, encontraban su momento para meditar. Encontraban su momento para encontrarse.
Así se vivían las cabalgatas. Al paso. Al trote. Al galope. Cabalgando y conversando a dúo, en grupo ó en solitario. Se había formado un organismo dinámico, en constante cambio.
Quedaron huellas
Este contacto con la naturaleza es una invitación a la sensualidad. Los sentidos se potencian y hacen que el cuerpo sea el gran protagonista del momento. La mente, por suerte, es un personaje secundario, puede descansar.
La vista se nutre con la riquísima variedad de verdes y azules que ofrece el paisaje. Campo y agua. También de los naranjas y amarillos. Sol y arena. Y más.
El sentido del tacto, privilegiado, recibía toda la energía del caballo en movimiento. Y así, quien lo necesitara, curaba heridas (equino terapia, le dicen). Y los demás, seguramente generaban anticuerpos para enfrentar algún revés que pudiera surgir.
El olfato, el sentido con más memoria, gozaba de los olores que emanaban del animal que los llevaba. Como también, festejaba el perfume a menta que llegaba sin aviso, en medio del andar, ó el de eucaliptos que era anunciado por los grandiosos árboles que se podían observar.
El gusto se daba su gran banquete a la hora de los banquetes. La típica comida de campo era un gran placer que se daban los jinetes luego de tanto cabalgar. Incluso los paladares “de la ciudad” disfrutaban con placer a esta aventura, ahora culinaria.
El oído, seguramente el sentido que más agradeció la paz de entorno. La naturaleza se encargaba de cuidarlo. De no agredirlo. Incluso, para poner un ejemplo, le regalaba el sonido de los caballos salpicando sus patas en el agua. Y él, muy desacostumbrado, más que agradecido.
Queda lo aprendido, “…ni catre ni colchón inflable, lo mejor es usar el pelego, poner el sobre de dormir arriba, y usar el recado de almohada,” aseguraba la voz de la experiencia.
Quedan las palabras: “Agradezco haber estado ahí en cada momento. Vivir el aquí y el ahora. Pude vivir el presente,” dijo alguien al partir.
Quedan las huellas. Las del cuerpo y las del alma.
Por suerte, ahora en Uruguay, existen otras posibilidades para que las personas disfruten de su tiempo libre. Sólo hay que tener ganas de probarlas.